Es evidente que las Ciencias Médicas han evolucionado, y podemos decir en progresión geométrica. Los adelantos en farmacología,medios de diagnóstico y técnicas quirúrgicas hoy salvan y prolongan vidas que hace unos años eran casos irremediablemente perdidos.
Pero también estos cambios en las costumbres y ritmos de vida traen aparejados lo que llamo las patologías del siglo XXI.
Los tiempos son distintos, los ritmos se aceleran, pero también se aceleran los derrames cerebrales, los infartos, tumores malignos, úlceras y han aumentado considerablemente los casos de alopecía y psoriasis en jóvenes.
Hoy vemos personas en la edad media de la vida con serios problemas de salud.
En lo que a nuestra profesión se refiere, cada vez con más frecuencia atiendo en el consultorio niños con síndromes cervicales.
Estoy hablando de niños cuyas edades oscilan entre 8 y 12 años, por supuesto estos síndromes que ellos presentan no tienen ningún sustrato orgánico: contracturas musculares, cefaléas, estados nauseosos, mareos y/o vértigo; acompañados estos síntomas por trastornos del sueño, irritabilidad, falta de concentración, trastornos de conducta en general.
Este siglo veintiuno, pleno de incertidumbres, inestabilidad e inseguridad, genera una vida que se caracteriza por las presiones y exigencias.
El ambiente familiar, escolar, social está saturado por esa tensión, y el niño en formación no alcanza a comprender esa demanda desmedida en relación a su edad.
Hoy en la mayoría de los hogares de clase media ambos padres trabajan, lo que significa que ya a los 2 años, o antes, el niño debe ser confiado a una guardería o jardín donde, en muchos casos, cumplen jornadas dobles.
En la escuela primaria ya es común las exigencias con materias extracurriculares y exhaustivas tareas para el hogar (hay casos en que los niños tienen 2 ó 3 pruebas escritas en el mismo día).
Es fácil comprender que tanta demanda no deja tiempo para el esparcimiento, actividad física y lúdica. Si a ésto le agregamos la inseguridad, otro rasgo característico de estos tiempos, nos encontramos con un niño que vive en un pequeño departamento, ambiente familiar con tensión y angustia, muchas horas inactivo concentrado en las exigencias escolares por lo que podemos decir que es una vida antinatural; y que, por lo tanto, justifica los síntomas.
Me preocupa que estos síntomas se rotulan, se etiquetan. A esos niños abrumados por los problemas de los adultos y las exigencias no se los escucha.
Se los diagnostica por los síntomas: síndrome cervical, déficit de atención, trastorno del desarrollo, de la conducta, etc.
Con los diagnosticos ponemos un nombre, una marca que ese niño debe asumir, y algunos lo llevarán de por vida.
Estos diagnósticos hechos a la ligera, y sin escuchar para comprender el proqué de éstos síntomas pueden marcar un niño para toda su vida.
Tampoco debemos olvidar la identificación :...”me duele la cabeza como a mi
mamá”...
Por lo general la medicina receta e indica tratamientos: antiinflamatorios, miorrelajantes, ondas cortas, ultrasonido, T.E.N.S., magneto, etc.
Asumo el riesgo de ser reiterativo y repito lo dicho en artículos anteriores: hoy no hay tiempo para escuchar y hablar, es más rápido redactar una receta o colocar un equipo de electroterapia.
Creo que sería mucho más beneficioso para la evolución de los tratamientos de nuestros pacientes si la medicina empleara menos fármacos y más palabras y la kinesiología más palabras y más kinesiterapia.

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