Comienzo el artículo con el epígrafe del gran bardo precisamente para reafirmar lo dicho
en el de “Kinesiología Psicosomática”*: el pensamiento es inconsciente. Y en el inconsciente
hay un saber no sabido. Un saber que el sujeto no sabe, la conciencia no lo registra.
Tampoco lo sabía Shakespeare cuando lo escribió, se lo dictó su inconsciente. Ni imagiba, siquiera, que 300 años después un austríaco –Sigmund Freud- iba a describir al inconsciente; pero ya su inconsciente, en el año 1600 nos advierte sobre el valor terapéutico de la
palabra.
¿Qué es lo primero que pensamos al leer esta frase del genial poeta? : en un infarto del miocardio.
Estas palabras del cisne de Avon son lo suficientemente claras como para considerar obvia su explicación. No debemos esforzarnos para comprender su significado y sin embargo, muchos profesionales de la salud lo ignoran totalmente. Paradójicamente, en muchos casos utilizan mal la palabra provocando un efecto inverso, nocivo, en vez de terapéutico.
Esto es claramente visible en esos pacientes sensibles, susceptibles, depresivos, que cuando consultan a un profesional , éste, utilizando mal ese agente terapéutico que es la palabra; en vez de contener, calmar, logran un efecto contrario. Por ejemplo: una paciente de 72 años con esas características de personalidad mencionadas, que cuando consulta a un traumatólogo por un síndrome cervical, obtiene como respuesta: “la única solución a su problema es la cirugía, de lo contrario termina en una silla de ruedas”.
Podemos imaginar, sin riesgo de equivocarnos, el efecto devastador que provocan, en esta paciente, esas pocas palabras; y cuanto cuesta revertir esa situación – cosa que ocurre si logra entrevistar a un profesional coherente y no a uno de esos “especialistas” que ante una protusión discal hablan de riesgo de cuadriplejía.
*Revista Científica Nº 11 – Colegio de Kinesiólogos de la Pcia. de Bs. As.
Insisto, la palabra es un agente terapéutico como los fármacos, un bisturí, un equipo de fisioelectroterapia, o nuestras manos, y como ellos, su uso indebido puede causar daños.
Los kinesiólogos vemos, como mínimo, tres veces por semana a un paciente, por lo tanto nuestro contacto con ese sujeto es diferente. Se establece, o debería establecerse, ese vínculo transferencial que mencionamos en el artículo anterior. No olvidemos que el paciente necesita hablar. Hablar de su problema, debe hacer catarsis, y el profesional saber escuchar, no solo oir.
Es imperativo que pueda hablar, sea escuchado, sentir que es escuchado, y los profesionales manejar con sabiduría el poder terapéutico de la palabra.
La PALABRA, ese “remedio” que levanta el síntoma. En el artículo anterior - Kinesiología Psicosomática” – también mencioné que el inconsciente “habla” a través del cuerpo con el síntoma. Podríamos entonces establecer una vía, un eje conductor: inconsciente-cuerpo síntoma.
El cuerpo nos habla, se comunica, se expresa a través del síntoma, y nosotros casi nunca lo escuchamos. No sólo hacemos oidos sordos a sus gritos, sino que le "tapamos la boca”.
En esta era de globalización y consumismo nos educan e instruyen, desde todos los medios de comunicación, para “colaborar” con los grandes emporios multinacionales comprando fármacos que silencien el síntoma. La consigna es: “el dolor para, vos no” y nos incitan a consumir drogas cuyos rótulos cada vez son mas : “forte, plus, super”, lo que nos habla del incremento y potencialización de esos fármacos.
Silenciar el síntoma, no permitir que el cuerpo hable, es como desconectar una alarma porque nos molesta.
Nuestro cuerpo es noble, nos avisa siempre y con anticipación cuando algo no está bién; debemos aprender y enseñar a nuestros pacientes a escucharlo.
A diario vemos, en la clínica, casos por demás ejemplificadores. Pacientes que durante meses sobrellevan una dolencia con el agravante de lesionar seriamente su organismo con la ingesta masiva de medicamentos. Un caso ejemplificador: paciente de 78 años que consulta a un traumatólogo especialista en miembro superior por una molestia en cara anterior del brazo derecho, específicamente en el bíceps braquial. El especialista diagnostica tendinitis, el paciente manifiesta que juega al tejo y que dos días mas tarde, el sábado, tiene un torneo. El médico “ayuda” al paciente dándole antinflamatorios para que pueda jugar. El domingo, luego de cuatro partidos jugados el día anterior, amanece con ruptura de bíceps.
O lo que puede ser mas grave aún, un dolor precordial que termina en un infarto del miocardio, por haberle “tapado la boca” a ese pobre corazón que gritaba pidiendo auxilio.
No olvidemos al genial Shakespeare, démosle palabras al dolor y no le “tapemos” la boca al cuerpo para evitar males mayores.
Publicado en la Revista Científica nº 12 del Colegio de Kinesiólogos de la Pcia de Bs.As. - Año 2004-

|