Las diferencias entre la medicina y el psicoanálisis en el tratamiento de las enfermedades se inician en la visión del cuerpo. Mientras la medicina encara al paciente como un organismo vivo y sujeto a la condición de puro cuerpo orgánico, para el psicoanálisis el cuerpo es pensado como superficie con zonas erógenas, una historia relacional y una madre con la que estableció un vínculo particular.
La medicina define enfermedad como opuesto a salud, y se la encara como una entidad propia, quedando de lado el sujeto; puesta la atención en lo orgánico solamente.
Para el psicoanálisis son fenómenos patológicos orgánicos o funcionales como respuesta del cuerpo a una situación simbólica crítica, que no ha sido tratada como tal en el inconsciente del sujeto.
Para el psicoanálisis la salud es algo que debe construirse. Mediante un trabajo psicoanalítico se debe construir un nuevo estado de salud.
Recordemos a Freud cuando dice que el sujeto biológico muere cuando el sujeto físico deja de desear.
Esta concepción holística del paciente es la que nos lleva a pensar que no existe la dicotomía psique/soma, y que es el paciente, su inconsciente, quien va a decidir en que posición coloca al profesional para que pueda “curar”, o no, su enfermedad.
El cuerpo es un atributo y como sujetos del significante estamos separados de él. El lenguaje nos atribuye un cuerpo, y después, al unificarlo, nos permite su usufructo.
Es un cuerpo de palabras. Es imposible separar el cuerpo del psiquismo porque el hombre es humano al ser atravesado por la palabra, el lenguaje. Nada nos es dado antes del lenguaje, ni siquiera el cuerpo.
El cuerpo enferma cuando las palabras son reprimidas, algo queda silenciado, no simbolizado. Goce, pero a nivel del cuerpo, fuera de la cadena de significantes. El sujeto enmudece, habla el órgano. El psicosomático evita el trabajo psíquico, el trabajo del lenguaje. Goza de la función corporal. Hay algo que no puede ser renunciado y se refugiaen el órgano afectado. Enferma, y con la palabra debe ser “curado”.
En 1900 Sigmund Freud en su obra “La interpretación de los sueños” describe el inconsciente, ese ignoto lugar del psiquismo donde se gestan palabras, pensamientos.
Palabras y pensamientos que siempre estuvieron allí, en el inconsciente, generando ideas que hicieron a la evolución de la humanidad.
El pensamiento es inconsciente, y en el inconsciente hay un saber no sabido. Un saber que el sujeto no sabe, ese decir no sabido la conciencia no lo registra.
Traigo como ejemplo una frase de William Shakespeare: “Dad palabra al dolor, el dolor que no habla gime en el corazón hasta romperlo”. Estas palabras generadas en su inconsciente nos hablan, sin saberlo, del valor terapéutico de la palabra.
Tampoco lo sabía el cisne de Avon cuando las escribió, se lo dictó su inconsciente. Ni imaginaba siquiera, que 300 años después, un austríaco, Sigmund Freud, iba a describirlo pero ya su inconsciente en el 1600, nos advierte sobre el valor terapéutico de la palabra.
¿Qué es lo primero que pensamos al leer ésta frase del genial poeta? En un infarto del miocardio. Estas palabras del gran bardo son lo suficientemente claras como para considerar obvia su explicación. No debemos esforzarnos para comprender su significado, y sin embargo muchos profesionales de la salud lo ignoran totalmente.
La palabra es un agente terapéutico como los fármacos, o un bisturí, y como ellos su uso indebido puede causar daño.
Es imperativo que el paciente pueda hablar, que su órgano enfermo pueda hablar, que sea escuchado, y que los profesionales sepan manejar con sabiduría el poder terapéutico de la palabra.
La enfermedad no existe en la conciencia. Para enfermar debemos pensar en el inconsciente, y por lo tanto la “cura” también está en el inconsciente.
Conscientemente el paciente “quiere curarse”, pero en su inconsciente ese goce con la enfermedad no lo deja.
Freud dice que nada sucede en el ser humano, incluida su muerte, sin participación de su psiquismo, su deseo inconsciente.
La precocidad del nacimiento del cachorro humano, la prematuración, la insuficiente mielinización de su médula, con la consiguiente incordinación motriz, el descontrol de todos sus sistemas, hacen que el niño se encuentre al borde de la muerte. Totalmente dependiente se fusiona con esa madre que lo salva, que le permite vivir, esa unión dejará huellas imborrables. Toda angustia, ansiedad, fobia tienen que ver con esa relación.
Toda la vida lo acompañará ese deseo inconsciente, ese retorno imposible a la relación única que satisfizo todas sus demandas.
Pensamos el cuerpo como una adquisición tardía con una materialidad gozante, por lo tanto es algo con lo que no se nace, se construye.
Se construye mirándose al espejo, es necesario una gestalt visual, un soporte significante y ese organismo discordante, prematuro al borde del despedazamiento encuentra del otro lado la Unidad tranquizante lograda por un cuerpo organizado por la imagen. Para Lacan es el momento inaugural en el proceso de formación del Yo, la identificación imaginaria. En el trayecto de la libido en busca de la imagen que construirá su cuerpo, a veces hay error: “una falla en la identificación”. El psicosomático sería un retorno de goce localizado pero desplazado en el cuerpo como Otro. Hay fijación por soldadura del significante y del goce. Una petrificación de la dupla significante.
El fenómeno psicosomático está en los límites de la estructura del lenguaje, esquiva al Otro como significante ocupando el lugar del otro semejante con su propio cuerpo.
El cuerpo debe vaciarse de goce, el goce de la cosa lleva a la enfermedad. El psicosomático no tiene una historia de deseos, su historia es de goces y repeticiones en el encuentro con el goce primordial, el de la madre fálica. Son incapaces de despojarla de sus atribuciones originales de salvadora, y abandonar esa relación para relacionarse con el mundo.
El enfermo psicosomático debe cambiar de goce, desprenderse de su lesión orgánica y gozar en el lenguaje.
Para revertir el proceso debe existir el deseo. Deseo del paciente y del profesional aunados en un fin común: la curación. Luego el trabajo en transferencia, aquí es donde la palabra toma su valor terapéutico. No cualquier palabra, esa PALABRA PLENA de Lacan. Esa que llega y toca sin saber cómo ni cuándo, pero sí dónde: en el inconsciente.
Esa palabra que transforma, levanta el síntoma y puede lograr ese cambio que hace que el sujeto salga de su órgano y dirija su mirada al mundo cambiando su historia.

|